Cartas Oníricas (I)

Sureau – Prairial – 2015

 

Alado Gabriel:

 

TribunalDesperté aterrado, caminábamos por Madrid entre las estaciones de Bilbao y Tribunal. Yo seguía a las chicas que de repente desaparecieron. Retrocedí y me hallaba en un laberinto lleno de cuartos cuadrados donde cada pared correspondía a los puntos cardinales de un reloj.

A medida que avancé por la oscuridad ascendí hasta sentir que brisas frías me acariciaban y sólo observé nubes cada vez más brumosas y grisáceas. Mantener los ojos abiertos me produjo una sensación de comezón y ardor espeluznante.

En un instante repentino las nubes se disiparon y me encontraba sobre una estatua sagrada y helada, era una imagen divina lo comprendía, pero tenía unos cuernos de marfil como los Alephs de mis historias. Me aferré a ellos aún más aterrado que al principio y lentamente giraron y se hundieron. La imagen comenzó a tornarse color bermejo y en un santiamén el frío desapareció y ardor y sudor comenzaron a recorrerme. Fue en un obrir i tancar d’ulls una explosión se desató y yo volaba por los aires.

Three_Witches_WellesCon el cuerpo molido y entre el humo y la mugre pude abrir los ojos y allí estaban las chicas, se acercaron sonriendo. Cuando mis ojos pararon de sangrar y mi vista era más clara, noté el engaño que mis ojos me jugaron, las chicas eran realmente ancianas vestidas de negro y con báculos de cuernos de Aleph, eran sus siervas y mi fin había llegado…

A

Double-noir

DualY era que algunas de mis noches eran oscuras y las otras menos claras, pero todas en tonalidades diferentes de ese sentir “blue” anglosajón. En las primeras me deprimí, en las siguientes me acobardé. El miedo volvió y con el su reinado de angustia y ansiedad.

Maldito dolor, execrable futuro, condenada vida y perversos pecados que me atormentan y me vetan el camino.

Alado Gabriel, ¿por qué no me acompañas estás noches? ¿por qué me abandonaste cuando más te necesité y nunca regresaste? Creo que gente como yo no dería nacer.

Se me está haciendo tarde

No hay nada mejor que despertarse sin preocuparse…

Verge d’or – Fructidor – 2014

Amado Gabriel:

Salí de marcha y me encontré a Carlos y las muchachas. Allí vi a ese chico que una vez me habían presentado y siempre había ignorado. Luego partimos a otro establecimiento donde nuevamente Carlos y las nenas estaban comprando provisiones para ir a la isla de Culebra, todos tomaban mientras daban las dos de la madrugada para salir al puerto, yo me uní a ellos.

Cuando todos partieron hacia el muelle ya no había autobús o taxi que me llevara a casa así que emprendí mi camino a pie, pero tras un rato de caminar me topé con un camino bloqueado por un cadáver.

Allí apareció él, el más bello de los hombres, junto a dos amigos. Fue un flechazo al verlo, de esos amores a primera vista que cuentan en las novelas.

No puedes seguir por aquí—me dijo

Viré y corrí porque pensé que él era el asesino, pero pasó un rato y se unió a mí y me hizo compañía hasta que llegó Pedrito, noté en sus ojos la obsesión que sentía por el misterioso hombre y no lo culpé, más bien lo entendí. Habló algunas cosas sobre un tal Orlando y demandó que el adonis le acompañara, pero se negó y salió echando hostias y otras cosas por la boca.

Comenzamos a descender del camino pedregoso y montañoso y allí a lo lejos divisé a José, mi jefe. No quería que me viera. Luis, así me dijo que se llamaba, me ofreció su mano para pasar juntos y no ser notados. Así sucedió.

Al final aguardaba una casa blanca con ventanas púrpuras muy bonitas, ahí conocí a Mina. Otro flechazo. Pensé por un momento que había muerto y me encontraba en una especie de paraíso. No es normal ver más de una persona con tal magnitud de belleza en un mismo día.

A lo lejos el tumulto se acercaba por el camino de la montaña, habían encontrado el cuerpo, sin duda alguna, y el caos y el miedo los arropaba. La multitud iba dirigida por José, lo divisé rápidamente y también escuché como gritaba mi nombre y me procuraba.

Decidí esconderme y Mina me aconsejó el armario de la recamara final. Allí me dirigí asustado, con una respiración acelerada y una combinación de adrenalina, miedo y satisfacción. Luis se escondió conmigo, nuestras respiraciones se acercaron hasta fundirse, no reaccioné bien del todo cuando ya sus labios estaban sobre los míos…

-Gaël

Batallas, Venganza y Rencor

…junto a las manillas de un reloj despertaré…

Citron – Fructidor – 2014

Caro Gabriel:

Llegué a casa de Virgen, un complejo de apartamentos con una fachada antigua, pero muy modernos en el interior. Me dirigí hasta su habitación y conversamos casi media hora. No precisé el qué ni el cómo, pero llegué hasta la lavandería donde estaba Diana, a la que todos llamamos Dianita y su inseparable amiga Zamaris.

Me confundí, casi caigo al suelo al tropezar con los cestos de ropa y acabé enredado en los vestidos blancos del tendedero. Entró un hombre en la búsqueda de una papelera para vomitar, sé como soy…soy de esos que si ve o simplemente huele el vomito se une al espectáculo. Salí corriendo de allí.

En mi intento por salir del edificio noté como el complejo se convirtió en una prisión. Volví al cuarto de Virgen, toqué y toqué a su puerta sin recibir una respuesta. El sonido distante de pasos constantes me hizo girar la perilla y para mi sorpresa estaba abierta. Me encerré.

Golpes cada vez más estruendosos agitaban la puerta de madera de roble. Yo me aferré a ella y respondía a los golpes con más golpes, era como una furia demoníaca que me impulsaba a golpear hasta que un agujero dejó de entrevisto un rostro familiar al otro lado; mi hermana.

Antes de que ella derribara el pórtico corrí hacia la siguiente habitación, gozaba de un portón metálico y me dio seguridad. Ahora con esperanzas sólidas me encerré y al recorrer la habitación volví a la lavandería que gozaba de la gran vista de un quinto piso.

Pude ver toda la edificación y sentir los golpes de un viento cada vez más gélido enfriando los lóbulos de mis orejas. Al mirar hacia abajo vi como mis enemigos: Gabriel, Emilio, Johanna, Elías, Mara y tantos otros, todos bordeaban el bloque y entraron para darme caza.

Cada minuto los acercaba más a mí y el cuarto de Servicio de Lavandería no era seguro. Me salvaron las ventanas en cristales, eran removibles y me permitieron el escape a un pequeño jardín con aspecto de huerto que daba a la montaña.

Entre las rendijas de las rejas vi a dos amigos que indicaron un gesto de silencio que controló mi ataque impulsivo de alegría. Nos tumbamos al suelo para camuflarnos con las hojas otoñales. Entre las plantas pasamos desapercibidos hasta la montaña que marcó el rumbo a la casa del viejo Gérard, donde me críe.

Todo estaba igual a como cuando era una niño. Me recibió Bertha con uno de sus peculiares y cálidos abrazos. Ella lucía como si los años fueran invulnerables a su grandeza, las mismas trenzas castañas, las mismas patas de gallo y las mismas manos suaves y ásperas.

Bertha me indicó que el viejo salió hacía mucho de viaje y nunca había regresado. Paseé brevemente por la casona y contemplé todo intacto, seguía siendo un chiquero de objetos antiguos y de colección, todos llenos de polvo.

Corrí con mis amigos al ala izquierda donde estaban mis habitaciones. Llegué a mi alcoba, mis cuadros, mi gran cama cuadrada, las mismas sábanas, los mismos juguetes y los mismos muebles. Ese aire y sensación de hogar me corrió por todo el cuerpo, pero la efímera felicidad se derrumbó con los toques bruscos en la puerta principal.

Bertha supo que estaba en problemas y que venían a por mí. Me dio dinero, un beso en la frente y se despidió. Dijo que los atendería y nos señaló con celo la salida trasera. El pequeño patio interior nos condujo fuera de la casa del viejo Gérard y nos llevó al mercado.

La modernidad de los tiempos y los establecimientos me sugirió la separación, teníamos que pasar el centro comercial desapercibidos. Mis amigos lo hicieron sin mucho esfuerzo. Yo en cambio me ocultaba entre góndolas y estanterías. Divisé el toque de una alarma que daba aviso de mi búsqueda y recompensa.

Debía llegar a la entrada sur del centro y sólo me quedaba en medio una pequeña estación de dulces atendida por un chaval atractivo y distante. Tenía un identificador de personas, lo noté rápidamente. Se agachó a recoger el desorden que dejaron mis amigos al pasar y salí de mi escondite en una actitud altanera y gritona le reclamé por los desperdicios y una baja en su sueldo, él siguió en su labor y al salir por la puerta mecánica mis amigos junto a otros dos me esperaban en un coche ya encendido, con las ventanillas abajo y una canción peculiar de fondo. Chocamos las palmas y salimos a toda velocidad hacia el norte saboreando la victoria.

Ese fue el sueño de anoche Gabriel, ¿cómo ha sido que estabas en la fila de mis enemigos y no el coche conmigo?

-Aliénor

Redemption

»Y al final del día todos buscamos redención.«

 

Mandragore – Ventôse – 1798

 

Redención

Redención

Desde el más alto clérigo hasta el más ruin pecador, con la llegada de Selene todos pretendemos liberarnos del dolor, cobijarnos en el alado de los oniros y por un lapso de pérdida de memoria pagar el precio de la libertad y expiar nuestras culpas.

Anhelamos alcanzar un momento de plenitud y sosiego en el cual sentirnos a gusto incluso con nosotros mismos. Es un intervalo en el que no somos dueños de nosotros mismos, en el que sin noción ni cordura somos la burla del Otro.

A veces se nos permite volar, tener poderes sobre humanos, incluso contactar con personas inalcanzables. En otras nos toca enfrentarnos a nuestros peores temores, habitaciones llenas de los más espeluznantes insectos, asesinos que nos persiguen o simplemente somos víctimas y presas a la espera de nuestra  muerte. Sea por el terror de nuestros miedos o porque nos levantamos con la añoranza de algo que se fue y no vino es que continuamos siendo las marionetas del Otro.

Tras la llegada de Eos y tan pronto abrimos los ojos, nos basta para entender la finidad de la redención, lo vago del sacrificio y lo infalible de los deslices. No queda más que volver al Caos, continuar con las infracciones y añorar la capa de la redención.

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