¡Oh divino creador!

warrior .5Me matas, me revives
¿Quién te dio el poder?
¿Quién te lo puede quitar?
Nadie sabe, nadie sabe…
Ese poder de manejar lo que siento,
¿cómo lo obtuviste?
Por eso digo que nada entiendo.
Todo se detiene en este momento.

¿Y qué veo? No parece haber nada.
Soy ciego, despreciable y abyecto.
Mi mente conduce este trayecto.
Miro hacia atrás y no hay nada…
Sigo ciego hasta que un destello golpea mi intelecto.
Eres tú, ¡puedo ver! maldición ¡eres tú!
Entra, ¡anda entra! quiero ver como entras,
como todo mi ser contigo se alimenta.

La luna naranja

Aujourd’hui, on est Pigeon Germinal, 2014

 

Orange Moon

Orange Moon

El día había sido normal, otro igual a los demás. Se me vino la noche encima y con ella algunos mensajes de esos que me hacen revivir la risas tontas y las miradas pícaras de la juventud. Entre mensaje y mensaje el tono se volvió picante y en un salpullido allí estaba con él. Una experiencia nueva para mí y todo fue muy diferente a lo que veía. A fin de cuentas nunca concilio que lo qué debo hacer y lo qué me apetece hacer hagan las paces. No he aprendido de mis errores. Hoy volví a cometer un homicidio, solo que contra mí mismo.

Regresé a casa a tiempo para contemplar el evento del siglo. Esta isla supersticiosa y con necesidad de atención, celebra hasta el primer día en que se puso una tabla para edificar una letrina. Sé que nada salió como pensé. Los sentimientos de culpa y decepción convergen en lo alto de mi cabeza y van anidando en el pecho. Al final resultará que no soy tan diferente a los demás. Soy una pieza más de este espeluznante juego de cosas que llaman vida.

Me tiré en la escalera, sin luz, ni vela. No me importaron los insectos, no me importó el móvil, menos me importó mi ropa. Estuve anonadado casi sin pestañear mientra menguaba y menguaba la luna. Yo esperaba la carnicería y la sangre, esperé y esperé en vano, enverdecí.

Al final resultó que ni rojo, ni bermejo, ni carmesí. La luna desojándose tornó color naranja. Mi color, como los ocasos, como las hojas del otoño. Aquí ando tratando de explicar el éxtasis de tan místico momento. No encuentro el sustantivo idóneo ni el adjetivo predilecto.

El momento en que pude volver a mí y reincorporarme del suelo, no escuché nada, ni siquiera al viento. Pasé de la puerta y observé la autopista del sur completamente intransitada. Las madrugadas son las horas de los camiones, ¿dónde están? Lancé un grito que no produjo sonido, y tampoco noté a los animalillos que minutos previos fornicaban en el césped.

El silencio sepulcral y la quietud elísea solo indicaba una cosa, hoy en la madrugada en esta isla ocurrió un milagro; se detuvo el tiempo. La información sobre cuanto duró este fenómeno no la puedo precisar, fue lo suficiente para atormentarme y recordarme que aquí es donde tengo que estar, que de aquí no saldré, o al menos vivo no, que no hay esfuerzo, ansias, ni motivación que me de consuelo o avance. Tampoco hay persona capaz de arriesgarse y librarme de la pena.

Volví a la escalera lanzándome de golpe y con la esperanza de acabar el martirio, pero allí estaba ella, tan deslumbrante y cegadora como nunca antes. Quedé atontado nuevamente. Concluyo que en mi mundo ideal todas las noches existiría una luna como esta, del color de la felicidad. Acúsenme de daltónico, enfermo mental o pusilánime. Mientras aluden y alaban a su Bloody Moon yo con Bloody Mary en mano, y resignado, retomo mi rostro taciturno y mi mirada anubarrada. Vuelvo al panóptico de esta habitación con menos segundos que hace algún rato.

 

Je suis desolé, il n’y a pas de paradis dans ce cimetière.

-Alain

L’hôpital

Estaba desesperado y salí de la habitación un rato. Ya me habían quitado el suero pero en mi muñeca continuaba ese placer punzante y bermejo. Entre pasillos y pasadizos terminé por alejarme más de la cuenta y divisé a dos mujeres sospechosas. Una era la madre de Ivelisse y la otra la de Francine. El miedo me hizo acercarme hasta una distancia que las podía escuchar, pero ellas no me veían. En pocos minutos descubrí sus macabros planes y salí sin ser notado. Comencé a intentar poner al tanto a todos de lo que ocurriría, pero de nada sirvió, nadie me creyó.

Decidí no quedarme a enfrentar lo que vendría, regresé al cuarto, tomé lo necesario y salí. Para mi sorpresa, afuera todo era un cóctel en el que divise a las perversas harpías. Sin más, intenté ir a los elevadores, pero estaban bloqueados. Me encaminé a las escaleras y al abrir la puerta un hombre fornido y severo me impidió la salida sin pronunciar una palabra. En mi camino al cuarto vi una estación con objetos dirigidos a sala de operaciones, instintivamente me llevé conmigo algún bisturí e instrumentos cortantes. Hice como si me volteara y en fracción de segundo le clave el bisturí en la yugular al hombre y comencé a hacer giros y movimientos drásticos con ella penetrada en su piel, debió ser afanoso, en pocos segundos murió.

Descendí dos niveles y el panorama era el mismo. Sin embargo, al abrir una puerta me encontré a Ivelisse y a Gabriel aterrados, mientras una empleada los perseguía. Les indiqué que me siguieran y llegamos a la azotea. Ya estaba por culminar el ocaso. Desde la elevación miramos algunas ventanas de cristales y todo estaba patas arriba, un caos exuberante acompañado de horror y miedo. Sin más, mi decisión fue ir al primer nivel e intentar encontrar ayuda. Dejé a mis compañeros y a medida que descendí escuché gritos, angustias, llantos y carcajadas. Al abrir la puerta del primer nivel allí estaba Elisa; la madre de Ivelisse, con una una patena cristalina, dos copas y una botella de vino.

Mi reacción debió ponerla en sobre aviso porque inmediatamente marchó hacia mí. Yo espeluznado comencé a subir las escaleras y ella me seguía. Intenté persuadirla, le reclamé sus planes e incluso le mencioné que salvé a su hija, pero nada apaciguó su ira. Yo estaba en una altura de varios escalones, cuando intentó ir a por mí, le lancé una patada que la hizo perder el equilibrio y caer. Con la caída la bandeja y las copas se hicieron añicos. Uno de los cristales se clavó profundamente en su cuello y supe que no le quedaría mucho tiempo. Facilité su muerte y proseguí mi subida a la azotea.

Los escalones eran una penitencia, en menos de tres horas me había convertido en un asesino. A demás de la dicotomía que me carcomía; como enfrentar a Ivelisse, como presentarme ante ella que confío en mí, la salvé y ahora asesiné a su madre. La cabeza me latía a mil por segundo, una vez frente a la puerta y tras ver mis manos con célebres manchas de sangre, dudé si entrar o volver a bajo y enfrentar una muerte atroz. La meditación fue breve y en un arrebato de valentía entré.

No vi indicios de Gabriel, sencillamente se esfumó. De primeras tampoco supe de Ivelisse hasta que me asomé por el borde. No sé si fue desesperación o miedo, solo sé que allí estaba seis niveles más abajo con las piernas torcidas un objeto que atravesaba parte de su costado y un enorme charco de sangre. Pensé si esta muerte también me pertenecía y opté por agarrar un tubo metálico que me podía servir de arma y enfrentar lo que me deparaba el destino.

De vuelta al primer piso pasé por el lado de mis dos obras, dos cadáveres que tenía los ojos profundamente abiertos y aún conservaban esa mirada que entrelazaba odio y piedad. Fui incapaz de cerrarle los ojos, pero si le quité el bisturí ensangrentado al cuellos del hombre y una navaja que llevaba Elisa atada a la pierna. Debía armarme un poco no sabía a que me enfrentaría.

Al salir, para mi sorpresa todo era un ambiente festivo entre risas, tragos y empleados que entraban y salían pues era la hora del cambio de turno. Al salir del vestíbulo divisé un grupo de policías y asistentes que rodeaban el cuerpo inerte de Ivelisse. Caminé un poco más y llegué al jardín trasero donde estaban las piscinas de reposo y continuaba la fiesta. Allí vi a Gabriel semi desnudo, me recibió con un trago, un beso y ademan para quitarme la camisa…

Redemption

»Y al final del día todos buscamos redención«.

 

Mandragore – Ventôse – 1798

 

Umbría congoja:

 

Redención

Redención

Desde el más alto clérigo hasta el más ruin pecador, con la llegada de Selene todos pretendemos liberarnos del dolor, cobijarnos en el alado de los oniros y por un lapso de pérdida de memoria pagar el precio de la libertad y expiar nuestras culpas.

Anhelamos alcanzar un momento de plenitud y sosiego en el cual sentirnos a gusto incluso con nosotros mismos. Es un intervalo en el que no somos dueños de nosotros mismos, en el que sin noción ni cordura somos la burla del Otro.

A veces se nos permite volar, tener poderes sobre humanos, incluso contactar con personas inalcanzables. En otras nos toca enfrentarnos a nuestros peores temores, habitaciones llenas de los más espeluznantes insectos, asesinos que nos persiguen o simplemente somos víctimas y presas a la espera de nuestra  muerte. Sea por el terror de nuestros miedos o porque nos levantamos con la añoranza de algo que se fue y no vino es que continuamos siendo las marionetas del Otro.

Tras la llegada de Eos y tan pronto abrimos los ojos, nos basta para entender la finidad de la redención, lo vago del sacrificio y lo infalible de los deslices. No queda más que volver al Caos, continuar con las infracciones y añorar la capa de la redención.

G

Un blog más que tú vas a leer

El hombre, desde que es hombre, ha sentido una necesidad peculiar por contar sus vivencias y perpetuar sus memorias. Tanto así que en tiempos prehistóricos donde aún no existió la escritura, desarrolló un lenguaje pictórico para narrar sus actividades. A medida que evolucionó en el tiempo, y creó la escritura,  fue documentado, narrando e inventando un sinfín de anales que hoy día muchos son conservados y otros desdichadamente no. Como resultado de esto es que hoy podemos leer grandes obras como La Iliada o La Odisea, personajes destacados como: Séneca, Boccaccio, Dante, Tolkien, Cortázar, entre muchos más, crearon obras extraordinarias, y claro, conocemos la Historia y dejamos un legado para las futuras generaciones.

En nuestro tiempo, donde contamos con la apoteósica tecnología, todos dicen ser minimalistas, hedonistas, hablar soez está de moda y los ignorantes están llenos de iniciativa y sabiduría, llegamos a la Era del Blog. Me uno a esta era, en un intento por rescatar la cordura de las palabras y aportar un poco de mi sapiencia al mundo. Hace mucho descubrí que sentarme detrás de un ordenador o aparato tecnológico a hacer críticas destructivas y señalar las pajas del otro, no iba a contribuir mucho a la renovación o reforma social. La crítica y un sarcasmo a nivel moderado forman parte de mi lenguaje, sin embargo no me quedo estancado en ellos y busco un poco más.

Actualmente este país en el que vivo, bendecido para muchos,  olvidado para otros, esta atascado en las disputas políticas y religiosas, la sátira política y social, el recién nacido humor negro, la intolerancia y el complejo de inferioridad/superioridad de algunos. La opinión popular y mi juicio personal coinciden en que vamos en retroceso, una caída en picada que nos lleva directo al tan codiciado y añorado siglo XX. La nostalgia frecuentemente lleva a pensar en el pasado como algo idílico y mejor, así pues, comienzan unos pocos a caminar hacia atrás y negando la comprensión de un futuro que podría ser mejor; y como imitar al prójimo está de moda, se suman más a la caminata decadente.

Usaré la palabra iconoclasta para describirme, por lo que no tendré un fin, objetivos o límites fronterizos con este blog. Tampoco sé si una persona (con suerte cinco) leerán lo que escribo. Solo te diré a ti que me lees quien quiera que seas

“…que entiendas cuando te digo que aunque no te conozca, y aunque puede que nunca llegue a verte, a reírme contigo, a llorar contigo o a besarte, te amo, con todo mi corazón…te amo.”