Cartas Oníricas (II)

Chèvrefeuille – Prairial – 2025

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Desde lo más alto de mi decepción:

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Transcurría un día normal, entré en un vagón de teatro para asistir a un recital de poesía, no llegó nadie y salí. Un laberinto me guío. Encontré en el suelo un periódico que tenía la fecha de 2025.

Respiré un mundo distinto, lo podía oler en el aire. No habían personas. Para mi sorpresa los coches eran conducidos por algunos seres que más que personas parecían peces, atunes.

1221145410822_fEspantado huí, no sabía bien el porqué, pero estaba aterrado, sentía que corría peligro. Me escondí siguiendo un camino de herbazales y tropecé con latas de aluminio que llevaban una etiqueta que leía Inimese osad oliiviõli. Mientras caminé encontré restos de humanidad, pero sin personas. Subí a un viejo terminal de coches públicos donde encontré estos papeles y una pluma para escribirte.

También habían algunas máquinas vendedoras de alimentos con sobras caducadas ya hacía una década. Los cristales estaban rotos. En algunas esquinas quedaban restos de cenizas y troncos, algún humano debió sobrevivir y refugiarse en este lugar. Me volvió el ánimo.

Salí del escondite con la esperanza de encontrar algún rostro familiar, pero los pastizales volvieron a cubrirme y laceraron mi cuerpo desnudo. El dolor creció con la lluvia, no era agua lo que caía, sino una sustancia aceitosa, espesa y con un un hedor desagradable, cada gota cambiaba la temperatura de mi piel y me hacía más lento.

pez-19Al final llegué a un estanque donde sólo percibí aromas a putrefacción y miseria que me ocasionaban escalofríos. No tardé en escuchar un chillido desgarrador y ahora no sé si lanzarme al estanque o esperar por mi destino, creo que mi final ha llegado…

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Espérame Gabriel,

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A

Cartas Oníricas (I)

Sureau – Prairial – 2015

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Alado Gabriel:

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Desperté aterrado, caminábamos por Madrid entre las estaciones de Bilbao y Tribunal. Yo seguía a las chicas que de repente desaparecieron. Retrocedí y me hallaba en un laberinto lleno de cuartos cuadrados donde cada pared correspondía a los puntos cardinales de un reloj.

TribunalA medida que avancé por la oscuridad ascendí hasta sentir que brisas frías me acariciaban y sólo observé nubes cada vez más brumosas y grisáceas. Mantener los ojos abiertos me produjo una sensación de comezón y ardor espeluznante.

En un instante las nubes se disiparon y me encontraba sobre una estatua sagrada y helada, era una imagen divina lo comprendía, pero tenía unos cuernos de marfil como los Alephs de mis historias. Me aferré a ellos aún más aterrado que al principio y lentamente giraron y se hundieron. La imagen comenzó a tornarse color bermejo y en un santiamén el frío desapareció y ardor y sudor comenzaron a recorrerme. Fue en un obrir i tancar d’ulls una explosión se desató y yo volaba por los aires.

Three_Witches_WellesCon el cuerpo molido y entre el humo y la mugre pude abrir los ojos y allí estaban las chicas, se acercaron sonriendo. Cuando mis ojos pararon de sangrar y mi vista era más clara, noté el engaño que mis ojos me jugaron, las chicas eran realmente ancianas vestidas de negro y con báculos de cuernos de Aleph, eran sus siervas y mi fin había llegado…

A

Al Conde de Torralba

27 – mayo – 2015

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Caro Conde:

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Era imposible que pasaras sin ser notado, tu altura, tus cabellos rubios como la cerveza y esos ojos celestes no pueden pasar desapercibidos. No recuerdo un día en el que fueras mal vestido, aunque mi mente te prefería desvestido. La obsesión creció cuando visitaba la biblioteca y allí estabas día tras día devorando un libro diferente. A quién pretendo engañar, me enamoré.

large2El tiempo nos acercó y resultó que bajo la fachada de hombre solitario y serio se hallaba un alma divertida y encantadora. Mis desgracias nos unieron y gracias a ellas conocí esa parte de ti que a los demás escondes, tus malos hábitos, tus gustos canallas y ese tatuaje que quizás ni tu madre conoce.

Cada centímetro de ti me encantó. Te había glorificado, al final comprendí tu parte humana y más me atrapé en ti. Entendí que la soledad y la frustración crearon la coraza que te encierra. Mi misión ahora es que sonrías, pero no sólo conmigo, que sonrías con el mundo y para el mundo, a fin que yo nunca te gustaré como tú me gustas a mí.

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Lo siento,

A


Fin de la Trilogía

L’hôpital

Estaba desesperado y salí de la habitación un rato. Ya me habían quitado el suero pero en mi muñeca continuaba ese placer punzante y bermejo. Entre pasillos y pasadizos terminé por alejarme más de la cuenta de las instalaciones y divisé a dos mujeres sospechosas. Una era la madre de Ivelisse y la otra la de Francine. El miedo me hizo acercarme hasta una distancia que las podía escuchar, pero ellas no me veían. En pocos minutos descubrí sus macabros planes y salí sin ser notado. Intenté poner al tanto a todos de lo que ocurriría, pero nadie me creyó.

Decidí no quedarme a enfrentar lo que vendría. Regresé al cuarto, tomé lo necesario y salí. Para mi sorpresa, todo era un cóctel en el cual divisé a las perversas harpías. Sin más, intenté ir a los elevadores, pero estaban bloqueados. Me encaminé a las escaleras y al abrir la puerta un hombre enorme y fuerte me impidió la salida. De camino al cuarto vi una estación de enfermería con diferentes objetos y agarré un bisturí. Me volteé de golpe y en una fracción de segundo le clave el arma en la yugular al hombre. Comencé a hacer giros y movimientos drásticos con el bisturí penetrado en su piel. Debió ser afanoso, en pocos segundos murió.

Descendí dos niveles y el panorama era el mismo. Sin embargo, al abrir una puerta me encontré a Ivelisse y a Gabriel aterrados, mientras una empleada los perseguía. Les indiqué que me siguieran y llegamos a la azotea. Ya estaba por culminar el ocaso. Desde la elevación miramos algunas ventanas de cristales y todo estaba patas arriba, un caos exuberante acompañado de horror y miedo. Sin más, mi decisión fue ir al primer nivel e intentar encontrar ayuda. Dejé a mis compañeros y a medida que descendí escuché gritos, angustias, llantos y carcajadas. Al abrir la puerta del primer nivel allí estaba Elisa; la madre de Ivelisse, con una una patena cristalina, dos copas y una botella de vino.

Mi reacción debió ponerla en alerta porque con prisa marchó hacia mí. Yo espeluznado comencé a subir las escaleras y ella me seguía. Intenté persuadirla, le reclamé sus planes e incluso le mencioné que salvé a su hija, pero nada apaciguó su ira. Yo estaba en una altura de varios escalones, cuando intentó ir a por mí, le lancé una patada que la hizo perder el equilibrio y caer. Con la caída la bandeja y las copas se hicieron añicos. Uno de los cristales se clavó profundamente en su cuello y supe que no le quedaría mucho tiempo. Facilité su muerte y proseguí mi subida a la azotea.

Los escalones eran una penitencia que me recordaba que en menos de tres horas me había convertido en un asesino. A demás de la dicotomía que me carcomía; como enfrentar a Ivelisse, como presentarme ante ella que confío en mí, la salvé y ahora asesiné a su madre. La cabeza me latía a mil por segundo, una vez frente a la puerta y tras ver mis manos con célebres manchas de sangre, dudé si entrar o volver a bajo y enfrentar una muerte atroz. La meditación fue breve y en un arrebato de valentía entré.

No vi indicios de Gabriel, sencillamente se esfumó. De primeras tampoco supe de Ivelisse hasta que me asomé por el borde. No sé si fue desesperación o miedo, solo sé que allí estaba seis niveles más abajo con las piernas torcidas un objeto que atravesaba parte de su costado y un enorme charco de sangre. Pensé si esta muerte también me pertenecía y opté por agarrar un tubo metálico que me podía servir de arma y enfrentar lo que me deparaba el destino.

De vuelta al primer piso pasé por el lado de mis dos obras, dos cadáveres que tenía los ojos profundamente abiertos y aún conservaban esa mirada que entrelazaba odio y piedad. Fui incapaz de cerrarle los ojos, pero si le quité el bisturí ensangrentado al cuellos del hombre y una navaja que llevaba Elisa atada a la pierna. Debía armarme un poco no sabía a que me enfrentaría.

Al salir, para mi sorpresa todo era un ambiente festivo entre risas, tragos y empleados que entraban y salían pues era la hora del cambio de turno. Al salir del vestíbulo divisé un grupo de policías y asistentes que rodeaban el cuerpo inerte de Ivelisse. Caminé un poco más y llegué al jardín trasero donde estaban las piscinas de reposo y continuaba la fiesta. Allí vi a Gabriel semi desnudo, me recibió con un trago, un beso y ademan para quitarme la camisa…