Séptimo aniversario

Y veo la vida pasar como el desgastado vagabundo que duerme en los bancos del metro, entregando su mirada al vaivén de los trenes, mientras confabula su destino. 

Y me visto de ropa y memorias prestadas, y sueño despacio para huir del silbido de los pájaros que reciben mis párpados al alba. 

Sufro mis silencios como las lluvias que desnudan las primaveras de sus flores o como las olas que libran tan injustamente a los caracoles de sus costas. 

Mañana lloraré, lamentablemente, nuevamente, pero en tinta.
Mañana seré, lamentablemente, nuevamente, otra persona.
Mañana es tan solo otro ayer coleccionado.

Y lo sé…
                y lo sufro…

Siete años desde que empezó esta aventura y que mucho ha cambiado todo.
El vendaval de este último año apenas me permite echarme la siesta.
El acoso y asedio de personas non grata me impidió
publicar las letras del cielo y del infierno
y me obliga a delinear entradas aleatorias y ha mantenerme ausente por aquí.

Pero leerlos y la serendipia venturosa que tienen estos lares
me afirman a menudo que
“a ti que me lees quien quiera que seas espero que entiendas cuando te digo
que aunque no te conozca, y aunque puede que nunca llegue a verte, a reírme contigo,
a llorar contigo o a besarte, te amo, con todo mi corazón… te amo”.

Los locos no lloran

Los locos no lloran.
Procurar que mi lengua borracha escupa tu nombre es como dormir con los ojos abiertos.
¿Será que me soñaste?
Los locos no lloran.

Dicen que lloras con los ojos secos y que hablas de venenos alcohólicos estando borracho.
Los locos no lloran.

Declaras que me conoces, que fuimos uno y me tocaste.
Los locos no lloran.

Te agitas mientras gritas las historias que narras, pero ¿acaso te tembló la lengua mientras cambiabas de nombre?
Los locos no lloran.

Sin descifrar tu nombre, te expongo a tu público ingenuo vestido de mentiras.
Recuerda: Los locos no lloran. Matan.