¿Nos definen las ciudades donde vivimos?

El sentimiento de identidad personal es uno complejo y algunos alegan que intrínseco. Este devenir propio, donde nos vamos creando, es uno maleable y está en constante cambio. El tema que expongo hoy, lo he pensado en muchas ocasiones desde temprana edad y de seguro mi yo de catorce años pensaba de una forma muy distinta a mi yo de veintiún años y completamente diferente al que esta escribiendo en estos momentos.

Desde que nacemos enfrentamos un proceso de aprendizaje que, aunque en diferentes escalas, envuelve el amor y orgullo a la patria o al terruño donde nacemos. Sin embargo, no siempre el lugar de nacimiento es el domicilio permanente o el espacio al que amamos y llamamos casa.

Muchos son los casos, como el mío, en que la tierra que nos vio nacer no es la que nos ve crecer. Por múltiples razones y circunstancias algunas personas se desplazan de una ciudad a otra e incluso de un país a otro. En este constante movimiento y por otras causas, como la educación y el crecimiento, vamos forjando esa identidad personal de la que hablo y esos lugares y destinos que forman nuestro entorno de una manera u otra nos van marcando y definiendo.

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En mi caso una ciudad frente al océano Atlántico me vio nacer, otra ciudad a orillas del Mediterráneo guió mis primeros pasos y una ciudad montañosa y brumosa en el Caribe atestiguó mi crecimiento. Sin embargo, mis experiencias en cada uno de estos lugares definió a la persona que soy hoy.

Aunque la ciudad frente al mar que me vio nacer no me vio crecer, cada ocasión que la visito, cada adoquín que piso o aire que respiro en su derredor, la hacen parte de mí y la piel se me pone de gallina de sólo escuchar su nombre en una canción o en un poema. De igual modo, esa ciudad bañada por el Mediterráneo y estas montañas en la que me encuentro ahora y que me despiertan cada día entre frío y nieblas, las hago mías y las amo hasta que duele.

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En esa dirección, llego al punto angular que quiero hablar. Por estudios fui a vivir a una ciudad medieval y no miento cuando les cuento que fue allí donde aprendí a amar y donde me conocí y encontré. Fue ese pueblo enclavado entre el Tajo donde definí mi alma romántica y donde fui realmente yo mismo, sin seudónimos, sin miedos, sin mentiras, simplemente fui y estuve.

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Pero ahí no acabó la cosa, luego toco irme a la capital a escribir un nuevo capítulo y válgame lo que me tocó esos dos años. De una manera especial, pero diferente este nuevo entorno urbano, lleno de trenes, estrés, agobio y muchos amigos, me hizo sentir pleno, pero de una manera diferente al pueblito medieval. Ahora empecé a ser y a estar con otras personas, salí de esa zona íntima y conocí un efecto placebo en una ciudad de la furia que también se me metió entre los huesos y la sentí y la siento muy mía, muy propia muy inherente.

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Al final se acabó y regresé al Caribe, a las montañas y a las brumas. Por ratos voy a ver al mar a la ciudad que me vio nacer. Una vez al año vuelvo a mi pueblito viejo y me doy una escapada a la capital a visitar amigos y a revivir momentos y emociones. A recuperar esos sazones que le dan sabor a mi vida y la hacen más llevadera.

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El otro día hablé con una antigua pasión que tuve y me contó como ahora está viviendo en una ciudad belga que, por su juicio y su excesiva nostalgia, es hostil, ruda y le ha dejado varios sinsabores. Para no enredarme mucho en aguas pasadas que no mueven molinos, le corté rápido, pero sus palabras se han quedado haciendo eco en mi cabeza.

Nuestras experiencias, y cada rincón del mundo que conozcamos, harán de ese espacio uno único en el mundo. Me bastó una vez en Islandia para ser en ella y para estar seguro de que la volveré a visitar. Otro caso mío es Nueva York, estoy seguro de que no me iría a vivir para allá, pero cada año la visito con la misma o más alevosía que el año anterior.

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Hay muchos factores como el clima, los estudios, la resiliencia, los estados de ánimos y un sinfín de agentes que van a marcar y definir nuestra relación con el espacio que vivimos. Está en cada uno desmenuzar esa ciudad, ese suelo, esa muralla o ese cuarto en el que estamos y buscar la forma de hacerlo nuestro y placentero.

Al sol de hoy cargo conmigo muchos trozos del planeta y a una gran mayoría de ellos los he vuelto a visitar. En cada rincón dejo un trozo de mí y me llevo lo bueno de ellos. Y llegé al final de esta entrada con la misma interrogante en la cabeza; cuando me preguntan de dónde soy… qué difícil es contestar con certeza pues de tantos lugares soy y a todos ellos pertenezco.

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