El regne del nord bàltic

Fue una madrugada cuya fecha no anoté en mi manual, no sé decir con precisión si era demasiado tarde o demasiado temprano. Al salir de la habitación aguardaba un baúl y una carta arrugada con el sello de mi padre. Ninguno de ellos salió a despedirme, no se si era mi imaginación, podía escuchar gritos de júbilo y algarabía por toda la corte. En mi mente se quedó latente la imagen colorida de mi madre cantando de felicidad por mi partida.

No tuve tiempo para mucho, no agarré libros, ni mis cuadernos, ni siquiera el collar con el escudo de la familia. Horacio guío el coche hasta el puerto y antes de dejarme entonó un cálido abrazo y depositó un objeto extraño en mi bolsillo. Subí al barco sin saber adónde iba. Respiré hondo, me quedé en la proa para observar la navegación por las líneas ley y para hacer algunos mapas. Entre el éxtasis de la ruta oscurecida e iridiscente y la incertidumbre sobre mi paradero fui dejando atrás las preocupaciones y los pensamientos vacuos.

La última convergencia me ubicó en un mar casi helado. Respirar el frío dolía en los pulmones y los huesos, pero revivía mi espíritu guerrero y el sabor salado de la sangre ya estaba presente en mis labios. Como a un prisionero me escoltaron desde el puerto hasta el puente donde otro caballero vestido de blanco, azul y negro me encaminó hasta el castillo.

estoniaEl cuarto que me asignaron era simple, paredes de piedra negra hacían juego con una cama vestida de azul y la única ventana sólo mostraba nieve blanca que incluso entraba al cuarto y dejaba un rastro que aparecía y desaparecía con la ventisca. Abrí el baúl y allí estaba mi uniforme rubio, el color de la casa de mi padre. Instantáneamente comprendí todo. Me vestí y busqué el regalo de Horacio, una daga con el murciélago de la familia tallado en la base. Lo llevé conmigo y continué mi camino.

Toda la realeza asistió a mi compromiso con la printsess Eesti. Llegamos en botes desde el agitado y gélido mar que dividido en canales unía el salón principal. Una órbita de rompeolas hacían de la estancia un estanque salado y de aguas oscuras. Era necesario sumergirse para sentarse. Las aguas eran frías como los anfitriones. Sólo la abuela recibió el privilegio de estar junto a la reina, sentada en su falda donde sus pies desnudos no tocaban las aguas.

Me dedicó una sonrisa desafiante, mientras surgía de entre las aguas la princesa. No sé si fue un hechizo o un espejismo, pero mis ojos en cuanto vieron su beldad no quisieron contemplar nada más. Emergió potente, alta y esbelta. Su piel era del color de la nieve y sus cabellos como el ámbar relucían con cada brillo lunar que reflejaban las aguas.

Su traje blanco y mojado quedó ceñido a su cuerpo dejando de entrevisto sus encantos, era un espectáculo arrebatador para cualquier ser, humano o mágico. Un ceñidor negro colgaba de su cintura, como el de una diosa, y portaba una espada en su lado izquierdo. Sus cabellos estaban medio recogidos en el lado derecho detrás de una flor azul que no conozco y que quizás sólo sea posible describir en cantos.

Me sonrío y mi piel entera se erizó. Levantó la mano y me hizo ademán de acercamiento, hipnotizado y embrujado me moví entre las aguas y ya no sentía el frío, era un alma ardiente convirtiendo el agua en humo con cada paso. El rey impresionado saltó del trono y como una ola de furia, con su espada en mano fue tras de mí. Preparado para mi muerte, decidí mirarla hasta que me faltara el aliento. Sentí gotas saladas y ardientes en mi cara. Anonadado contemplé como la princesa atravesó con su espada ese rincón de la espalda donde puedes llegar directamente al corazón.

Los cortesanos comenzaron a gemir despavoridos. Dos caballeros salieron hacia la princesa parricida, pero yo tomé la espada del rey y mientras asesinaba a uno lanzaba mi daga al otro que se estremeció al sentir el filo penetrar su cuello. La hermosa joven se unió a mi espalda y en una danza mortífera fuimos acabando con todos los presentes hasta que las aguas del salón acabaron color escarlata.

Cuando pensé que todo había acabado, miré a la vieja que sonreía nuevamente mientras se ahogaba en una tos seca y horrorosa. Como una proyección la princesa fue desapareciendo en una estela de vapor que era a su vez consumida por la anciana. Sin tiempo a reaccionar la princesa aparecía nuevamente sentada en la falda de la reina y se volteó a estrangular a su madre.

Levitando descendió del trono y se acercó a mí. Me besó con furia hasta enredar su lengua con la mía y hacerme sangrar. No me podía resistir a sus encantos y lo vivido. Me entregué a ella en aquellas aguas con sabor a sal y muerte. El placer y el embeleso duraron hasta el alba. Me exigió un voto de sangre y me hirió en el pecho. Coloqué mis dedos en la herida y luego ensangrentados los deslicé por el meu uniforme groc y le susurré al oído,:

—Ahora iremos por mi reino…