Batallas, Venganza y Rencor

…junto a las manillas de un reloj despertaré…

Citron – Fructidor – 2014

Caro Gabriel:

Llegué a casa de Virgen, un complejo de apartamentos con una fachada antigua, pero muy modernos en el interior. Me dirigí hasta su habitación y conversamos casi media hora. No precisé el qué ni el cómo, pero llegué hasta la lavandería donde estaba Diana, a la que todos llamamos Dianita y su inseparable amiga Zamaris.

Me confundí, casi caigo al suelo al tropezar con los cestos de ropa y acabé enredado en los vestidos blancos del tendedero. Entró un hombre en la búsqueda de una papelera para vomitar, sé como soy…soy de esos que si ve o simplemente huele el vomito se une al espectáculo. Salí corriendo de allí.

En mi intento por salir del edificio noté como el complejo se convirtió en una prisión. Volví al cuarto de Virgen, toqué y toqué a su puerta sin recibir una respuesta. El sonido distante de pasos constantes me hizo girar la perilla y para mi sorpresa estaba abierta. Me encerré.

Golpes cada vez más estruendosos agitaban la puerta de madera de roble. Yo me aferré a ella y respondía a los golpes con más golpes, era como una furia demoníaca que me impulsaba a golpear hasta que un agujero dejó de entrevisto un rostro familiar al otro lado; mi hermana.

Antes de que ella derribara el pórtico corrí hacia la siguiente habitación, gozaba de un portón metálico y me dio seguridad. Ahora con esperanzas sólidas me encerré y al recorrer la habitación volví a la lavandería que gozaba de la gran vista de un quinto piso.

Pude ver toda la edificación y sentir los golpes de un viento cada vez más gélido enfriando los lóbulos de mis orejas. Al mirar hacia abajo vi como mis enemigos: Gabriel, Emilio, Johanna, Elías, Mara y tantos otros, todos bordeaban el bloque y entraron para darme caza.

Cada minuto los acercaba más a mí y el cuarto de Servicio de Lavandería no era seguro. Me salvaron las ventanas en cristales, eran removibles y me permitieron el escape a un pequeño jardín con aspecto de huerto que daba a la montaña.

Entre las rendijas de las rejas vi a dos amigos que indicaron un gesto de silencio que controló mi ataque impulsivo de alegría. Nos tumbamos al suelo para camuflarnos con las hojas otoñales. Entre las plantas pasamos desapercibidos hasta la montaña que marcó el rumbo a la casa del viejo Gérard, donde me críe.

Todo estaba igual a como cuando era una niño. Me recibió Bertha con uno de sus peculiares y cálidos abrazos. Ella lucía como si los años fueran invulnerables a su grandeza, las mismas trenzas castañas, las mismas patas de gallo y las mismas manos suaves y ásperas.

Bertha me indicó que el viejo salió hacía mucho de viaje y nunca había regresado. Paseé brevemente por la casona y contemplé todo intacto, seguía siendo un chiquero de objetos antiguos y de colección, todos llenos de polvo.

Corrí con mis amigos al ala izquierda donde estaban mis habitaciones. Llegué a mi alcoba, mis cuadros, mi gran cama cuadrada, las mismas sábanas, los mismos juguetes y los mismos muebles. Ese aire y sensación de hogar me corrió por todo el cuerpo, pero la efímera felicidad se derrumbó con los toques bruscos en la puerta principal.

Bertha supo que estaba en problemas y que venían a por mí. Me dio dinero, un beso en la frente y se despidió. Dijo que los atendería y nos señaló con celo la salida trasera. El pequeño patio interior nos condujo fuera de la casa del viejo Gérard y nos llevó al mercado.

La modernidad de los tiempos y los establecimientos me sugirió la separación, teníamos que pasar el centro comercial desapercibidos. Mis amigos lo hicieron sin mucho esfuerzo. Yo en cambio me ocultaba entre góndolas y estanterías. Divisé el toque de una alarma que daba aviso de mi búsqueda y recompensa.

Debía llegar a la entrada sur del centro y sólo me quedaba en medio una pequeña estación de dulces atendida por un chaval atractivo y distante. Tenía un identificador de personas, lo noté rápidamente. Se agachó a recoger el desorden que dejaron mis amigos al pasar y salí de mi escondite en una actitud altanera y gritona le reclamé por los desperdicios y una baja en su sueldo, él siguió en su labor y al salir por la puerta mecánica mis amigos junto a otros dos me esperaban en un coche ya encendido, con las ventanillas abajo y una canción peculiar de fondo. Chocamos las palmas y salimos a toda velocidad hacia el norte saboreando la victoria.

Ese fue el sueño de anoche Gabriel, ¿cómo ha sido que estabas en la fila de mis enemigos y no el coche conmigo?

-Aliénor

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