La Torre de Babel

…y caerás no importa donde estés, sobre las ruinas de la Torre de Babel.

 

Nací en el seno de una familia cristiana, bueno que va, cristianos no, cristianisísimos, creo que más cristianos que el mismo Jesucristo. En su afán desmesurado, devoción excesiva y efervescencia religiosa asistíamos a la iglesia yo diría que ocho días a la semana, pues como sabemos la semana tiene siete días pero, los domingos había servicio religioso doble, en la mañana y en la noche. Yo siendo un chaval, hasta mis doce años no tenía remedio que ir adonde mis padres me llevaran, no podía poner quejas, aunque sí a veces fingir alguna que otra enfermedad o malestar corporal.

En ese ambiente fui creciendo, pero contrario a mis padres, yo soy de naturaleza escéptica. Todo lo que escuchaba o aprendía en las clases de escuela bíblica para mí implicaba una búsqueda exhaustiva en la enciclopedia. En mi niñez las computadoras eran un lujo y el Internet no tenía la capacidad de los días actuales. Las páginas en blanco de mis cuadernos escolares eran remendadas en escritos e investigaciones atontadas sobre mis temas favoritos. A eso de los ocho años me atrapó el mundo de la mitología griega, mundo del cual todavía no escapo, pero eso es tema de otra entrada. Todo esto era una misión secreta, pues ¡ay de mí! donde mis padres me pillaran poniendo en tela de juicio las palabras del reverendo o la maestra de teología.

Torre de Babel

Torre de Babel

Un domingo en el que tenía quizás nueve o diez años fue cuando asistí a una clase sobre la La Torre de Babel. En síntesis se nos contó como un rey avaro y codicioso quiso edificar una torre que alcanzara el cielo, -de ahí la frase el cielo es el límite– proyecto que provocó la cólera de Dios, tal Aquiles tras la muerte de Patroclo, naciendo así los idiomas, para que las personas no pudieran entenderse y finiquitar el codicioso proyecto.

Me crié entre el catalán y el castellano, sabía que eran lenguas romances surgidas del latín, obviamente no creí nada de lo que me contó la iglesia y ni corto ni perezoso comencé una búsqueda obsesiva, irónicamente los mitos cristianos despertaron mi pasión desenfrenada por los idiomas.

En el camino descubrí que la Torre de Babel correspondía al zigurat Etemenanki, dedicado al dios Marduk en la antigua Babilonia y que contó con siete pisos y alrededor de un poco más de 91 metros de altura. Más allá del mito judeocristiano, un toque misterioso cobija a la Torre de Babel que ya existía previamente a los tiempos del fundador de la dinastía caldea; Nabopolasar, quien no la construyó, sino que la restauró.

Etemenanki suele traducirse como la gran casa de lo alto entre el cielo y la tierra, correspondiendo al libro bíblico del Génesis donde se habla de la construcción de una torre en la que los hombres pretendían alcanzar el cielo. Sin embargo, en tiempos de Nabucodonosor II, existe evidencia que indicó como la cúspide de la torre estaba fabricada en ladrillos azul brillantes, causando la noción de que se perdía con el cielo. Fue un símbolo de poder, jerarquía y divinidad, pero también de engaño y propaganda.

Pese a no saber con exactitud la fecha de la construcción de Etemenanki, es muy probable que haya sido en o antes de los tiempos de Hammurabi. El poema cosmogónico babilónico Enûma Elish, menciona al Esagila, templo de Marduk, construido inmediatamente después de la creación del mundo. El hecho de que ningún autor indique una fecha aproximada sobre la construcción del zigurat hace posible que la existencia del mismo se remonte a tiempos incluso más antiguos a los que conocemos.

El declive y el ocaso de la Torre de Babel, históricamente, se debió a las frecuentes invasiones que enfrentó Babilonia y lo costoso del gran esfuerzo que requirió su restauración. Alejandro el Grande por ejemplo, intentó reincorporar la torre, pero prontamente dio el caso como perdido. Más allá de los hechos y evidencia histórica, la mayoría de las personas, igual que mis padres, optan por creer el relato bíblico que cuenta como los hombres hablaban una lengua común y Dios para impedir el éxito de la construcción hizo que comenzaran hablar diferentes lenguas y se esparcieran por la Tierra.

Mas Yahveh descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo este el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros».

Apreciemos entonces a un Dios como principal gestor de las secesiones y conflictos humanos y no esparcidor de amor, benevolencia y comprensión.

Cabe señalar, que hay otras interpretaciones y textos judíos sobre lo que paso con la Torre de Babel. Según el Midrash los habitantes de Babilonia llegaron a la conclusión de que Dios no tenía derecho a vivir en un mundo superior, también se sentían amenazados ante las posibilidades de un nuevo diluvio; motor de la construcción de la Torre de Babel. Por otra lado la Cábala indica que la mayoría de los constructores fueron castigados transformándose en criaturas demoníacas de las cuales hasta hoy existen sus descendientes.

Personalmente le doy el valor de un mito a las interpretaciones religiosas no amparadas en evidencias históricas. Aun así, no le resto asombro y genialidad. El valor sagrado que se le ha dado a la tradicional Biblia, impide que las personas comprendan que es una obra literaria como lo fue La Ilíada y La Odisea. Más allá de esto, al igual y como sucedió con Adán y Eva en el Edén, los castigos impuestos por Dios le dieron al hombre nuevas opciones que le permitieron un mejor desarrollo y evolución.

Curiosamente tribus y civilizaciones en Mesoamérica, Polinesia, el Amazonas, África e incluso el mundo helénico, cuentan con mitos y leyendas en los que involucran diluvios, una lengua común, pirámides, torres y la propagación de nuevas lenguas. Es asombroso el alcance y las conexiones entre una cultura y otra, que incluso las separan océanos y miles de millas de distancia. Aprender estas leyendas como mitos es provechoso, gratificante y alucinante. Sin embargo, tal cual me pasó a mí, son muchas las iglesias que leen el Génesis como un texto absolutamente verídico y dan por irrefutable lo que su biblia plantea. En este sentido son pocos los niños que, como pasó conmigo, no se quedan en lo que le cuentan y van más allá de las palabras de un ministro o sacerdote. Aquí entonces la Iglesia perpetúa la ignorancia y la falta de educación.

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