L’hôpital

Estaba desesperado y salí de la habitación un rato. Ya me habían quitado el suero pero en mi muñeca continuaba ese placer punzante y bermejo. Entre pasillos y pasadizos terminé por alejarme más de la cuenta y divisé a dos mujeres sospechosas. Una era la madre de Ivelisse y la otra la de Francine. El miedo me hizo acercarme hasta una distancia que las podía escuchar, pero ellas no me veían. En pocos minutos descubrí sus macabros planes y salí sin ser notado. Comencé a intentar poner al tanto a todos de lo que ocurriría, pero de nada sirvió, nadie me creyó.

Decidí no quedarme a enfrentar lo que vendría, regresé al cuarto, tomé lo necesario y salí. Para mi sorpresa afuera todo era un cóctel en el que divise a las perversas harpías. Sin más, intenté ir a los elevadores, pero estaban bloqueados. Me encaminé a las escaleras y al abrir la puerta un hombre fornido y severo me impidió la salida sin pronunciar una palabra. En mi camino al cuarto vi una estación con objetos dirigidos a sala de operaciones, instintivamente me llevé conmigo algún bisturí e instrumentos cortantes. Hice como si me volteara y en fracción de segundo le clave el bisturí en la yugular al hombre y comencé a hacer giros y movimientos drásticos con ella penetrada en su piel, debió ser afanoso, en pocos segundos murió.

Descendí dos niveles y el panorama era el mismo. Sin embargo, al abrir una puerta me encontré a Ivelisse y a Gabriel aterrados, mientras una empleada los perseguía. Les indiqué que me siguieran y llegamos a la azotea. Ya estaba por culminar el ocaso. Desde la azotea miramos algunas ventanas de cristales y todo estaba patas arriba, un caos exuberante acompañado de horror y miedo. Sin más mi decisión fue ir al primer nivel e intentar encontrar ayuda. Dejando a los dos compañeros en la azotea, a medida que descendí escuché gritos, angustias, llantos y carcajadas. Al abrir la puerta del primer nivel allí estaba Elisa; la madre de Ivelisse, con una una patena cristalina, dos copas y una botella de vino.

Mi reacción debió ponerla en sobre aviso porque inmediatamente marchó hacia mí. Yo espeluznado comencé a subir las escaleras y ella me seguía. Intenté persuadirla, le reclamé sus planes e incluso le mencioné que salvé a su hija, pero nada apaciguó su ira. Yo estaba en una altura de varios escalones más altos, cuando intentó ir a por mí, le lancé una patada que la hizo perder el equilibrio y caer. Con la caída la bandeja y las copas se hicieron añicos. Uno de los cristales se clavó profundamente en su cuello y supe que no le quedaría mucho tiempo. Facilité su muerte y proseguí mi subida a la azotea.

Los escalones eran una penitencia, en menos de tres horas me había convertido en un asesino. A demás de la dicotomía que me carcomía; como enfrentar a Ivelisse, como presentarme ante ella que confío en mí, la salvé y ahora asesiné a su madre. La cabeza me latía a mil por segundo, una vez frente a la puerta y tras ver mis manos con célebres manchas de sangre, dudé si entrar o volver a bajo y enfrentar una muerte atroz. La meditación fue breve y en un arrebato de valentía entré.

No vi indicios de Gabriel, sencillamente se esfumó. De primeras tampoco supe de Ivelisse hasta que me asomé por el borde. No sé si fue desesperación o miedo, solo sé que allí estaba seis niveles más abajo con las piernas torcidas un objeto que atravesaba parte de su costado y un enorme charco de sangre. Pensé si esta muerte también me pertenecía y opté por agarrar un tubo metálico que me podía servir de arma y enfrentar lo que me deparaba el destino.

De vuelta al primer piso pasé por el lado de mis dos obras, dos cadáveres que tenía los ojos profundamente abiertos y aún conservaban esa mirada que entrelazaba odio y piedad. Fui incapaz de cerrarle los ojos, pero si le quité el bisturí ensangrentado al cuellos del hombre y una navaja que llevaba Elisa atada a la pierna. Debía armarme un poco no sabía a que me enfrentaría.

Al salir, para mi sorpresa todo era un ambiente festivo entre risas, tragos y empleados que entraban y salían pues era la hora del cambio de turno. Al salir del vestíbulo divisé un grupo de policías y asistentes que rodeaban el cuerpo inerte de Ivelisse. Caminé un poco más y llegué al jardín trasero donde estaban las piscinas de reposo y continuaba la fiesta. Allí vi a Gabriel semi desnudo, me recibió con un trago, un beso y ademan para quitarme la camisa…

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